LOS RATONES

LOS RATONES

Kanpezo, Araba

La palabra “azti” designa al adivino o mago que puede ver las cosas ocultas y adivinar el porvenir.

El azti utiliza sus conocimientos o poderes para curar o prevenir enfermedades como el infarto, las verrugas, la herpe, la hernia, etc., aunque también usa su poder para lanzar una maldición (birao) mediante la fuerza mágica o adur.

También se le consulta sobre las cosechas, las tormentas o las plagas.

En la localidad de Kanpezo hubo un año una gran plaga de ratones. Había ratones por todas partes: en las casas, en las calles, en la iglesia y, desde luego, en los campos. Los labradores no podían plantar ni sembrar porque los roedores acababan con todas las plantas en cuanto comenzaban a brotar.

A fin de encontrar una solución, los habitantes del lugar hicieron una asamblea en la plaza. Entre las muchas soluciones que cada cual propuso hubo una que todos aprobaron con entusiasmo: en las afueras de Kanpezo vivía un hombre brujo que sabía de pócimas y conjuros; él sabría qué hacer para librar al pueblo de la plaga. Fueron, pues, unos cuantos en representación del pueblo para hablar con el brujo.

—Necesitamos que nos ayudes a acabar con los ratones, o los ratones acabarán con nosotros —le dijeron.

El brujo se hizo un poco de rogar, pero, finalmente, aceptó la propuesta.

—De acuerdo —dijo—. Os libraré de los ratones, pero tenéis que traerme a cambio unos cuantos conejos, un carnero y veinte reales. ¡En seis días no quedará un solo ratón en la región!

Una hora después tenía todo lo que había pedido. Ordenó que mataran al carnero y que le quitasen la piel; luego la untó con un ungüento que había preparado y que olía a pestes, recitó unos conjuros en un idioma desconocido y dijo a los labradores que arrastrasen la piel por todo el pueblo, las casas y los campos.

La comisión encargada anduvo durante seis días restregando la piel del carnero por todas partes, de forma que, al acabar, no quedaba ni un solo lugar que no oliese al apestoso ungüento del brujo...

Pero, ¡los ratones no habían desaparecido! Al contrario, parecía que el mal olor les gustaba, y su número se había multiplicado por tres. No contentos con acabar con las cosechas, comenzaron a roer las patas de los muebles, a hacer añicos las ropas y a comerse los jamones colgados del techo.

Los habitantes de Kanpezo estaban desesperados.

De nuevo la comisión fue a ver al brujo y, esta vez, con algunos vecinos más. Lo encontraron comiendo uno de los conejos que había pedido en pago de su magia.

—¡Oye! —le dijeron furiosos—. Nos prometiste que los ratones desaparecerían en seis días. Han pasado ya ocho días y no sólo no han desaparecido, sino que hay muchísimos más. ¡Queremos que nos devuelvas el dinero y también el carnero y los conejos!

El brujo estaba preparado, y rápidamente respondió:

—¡Un momento, por favor! Antes de nada, decidme: ¿qué tipo de cola tienen esos ratones, corta o larga?

Todos estuvieron de acuerdo en decir que la tenían larga.

—¡Ah! —exclamó el brujo—. Ahora se entiende... Lo siento, amigos míos, pero mis conjuros no valen para este tipo de ratones; mis conjuros sólo son eficaces con los ratones de cola corta.

—¡Pues, mira! —le contestaron los labradores—. ¡Nuestros garrotazos valen tanto para brujos mentirosos como para brujos ladrones!

Y, diciendo esto, le dieron una gran paliza. Al día siguiente, el brujo se marchó del lugar, y ya nunca más se volvió a saber de él.

¿Y los ratones? Los habitantes de Kanpezo decidieron llamar a un flautista que, según decían las gentes, era capaz de...

Bueno, ¡ése es otro cuento!

Martinez de Lezea, Toti - Leyendas de Euskal Herria