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LEYENDAS DE BERMEO


Leyendas de la isla de Izaro

Izaro es una isla sobre la que se asentó un convento franciscano entre 1.422 y 1.719.
El año 1.600 siendo presidente de este convento Fr. Martín de Aguirre, abrió una sepultura para ver lo que había y encontró unos cuerpos enteros de santos. En el mismo momento tembló la isla y se les cayeron las azadas de las manos.
El año 1.622, siendo presidente Fr. Pedro de Uribarri, el día 17 de noviembre a las diez de la noche empezó a tocar la campana sin que nadie la tocase y estuvo tocando hasta el día siguiente. Los frailes, al salir del convento, vieron a la orilla del mar un cuerpo muerto. Lo recogieron y lo enterraron y entonces dejó de tocar la campana.
El año 1.638 un religioso llamado Fr. Francisco de Belaoxtegui, quiso sacar una piedra que estaba en la pared junto a la cocina con una cruz como la del hábito de Santiago, para ver lo que allí había. En ese momento tembló todo el convento y la isla y a él se le cayó la palanca de la mano, con lo que no se atrevió más a tocarla.

San Juanen oñotzak(Las huellas de San Juan)

Cuenta la leyenda que San Juan dejó varias huellas en nuestro pueblo. La primera se encuentra a la salida de Bermeo. Hay una puerta (perteneciente a la antigua muralla) a la que llaman `San Juan Portalie`. Debajo del arco, hay una piedra gastada, que tiene un hueco con la forma de un pie humano, dicen que es el pie del Bautista.
La segunda huella está en el cabo Matxitxako, en un lugar llamado Beñaoro. Y la tercera está en la cima del monte Sollube, en un lugar llamado Burgoa.
La leyenda cuenta que San Juan Bautista desembarcó en el puerto de Bermeo y dando tres pasos llegó hasta la ermita de su nombre, sobre el peñón de Gaztelgatxe. Al dar los tres pasos, dejó grabadas las huellas de sus pies, San Juanen oñotzak, en la antigua calzada que unía Bermeo con San Juan. Hay una cuarta huella en la base del peñón, en el mismo sitio en el que se inician las escaleras de ascenso a la ermita.
En los años sesenta, los niños al pasar bajo el arco para salir del casco urbano, acostumbraban a poner el pie derecho encima de la huella y levantando la mano derecha lo más alto posible, hacían una cruz contra el arco.

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